
No podía evitar el pequeño y oculto placer que le producían las acciones en las que se provocaba una especie de mínimo dolor en su cuerpo.
Por eso no entendía por qué, en esa ocasión, no disfrutaba tanto como las otras veces.
La primera vez que usó con ella su juguete, no consiguió gozar como pensaba. Eran las 7 de la mañana y ya habían hablado de ello pero no consiguió pasarselo bien. Prefería sus actividades nocturnas y ocultas, que le hacían sentirse viva en algunos momentos de soledad buscada.
No entendió porque el dolor que le producía lo ajeno, no le daba ese placer ansíado. Cuando pensaba en el momento, en los juguetes, tenía la certeza de que le iba a gustar, pero no. Aquello que tanto le había constado aceptar de sí misma, ahora cambiaba y pasaba a ser placer solo si era automutilación. Él tampoco lo entendío y probó muchas otras cosas, pero nunca lo consiguió. Apretó hasta que un minúsculo estallido hizo saltar algo que salió despedido al exterior. No quiso mirar más, el contenido manchó demasiado.
Ella siguió disfrutando, feliz, pero solo con su propio dolor.