El metro estaba lleno, faltaban "empujadores" japoneses, los que hacen que ir en esos vagones sea peor que vivir en una lata con 6 sardinas como compañeras de piso. Pasaron dos vagones. Ni siquiera hizo el esfuerzo de intentar entrar en alguno.
Cuando al fin llegó uno con espacio al menos para respirar, entró y consiguió apostarse en una de las esquinas del fondo y volver a cerrar los ojos acunado por el vaivén del tren, que era insoportable pero que a él le parecia una suave nana.

Éstaba ya a 3 paradas de su oficina cuando un repentino olor le hizo despertar. Le resultaba familiar, demasiado familiar. Fresas, pero no el olor de un perfume a base de fresas. NO , fresas, natulares, como las que de pequeño su madre le preparaba de postre, sin azucar, sin nata, sin zumo, nada, solo fresas. Existía una sola persona en el mundo cuyo olor natural se pudiese parecer tanto a ese que adoraba.
Cuando la conocío, 4 años antes, fue lo primero que le atrajo, antes de verla la sintió por el aroma.
Reaccionó rápido y buscó entre la masa de gente la cara que correspondía esa fragancia pero las cabezas, brazos, susurro, zapatos o piernas que se interponian en su camino le hacian desviar la atención a otro sentido que no fuera su olfato y ahí perdia el rastro.

Una vez más, perdía su fragancia.